domingo, 18 de agosto de 2013

LUCHA DE EGOS



Las rupturas son cuestión de egos. Egos que se enfrentan y que tratan de satisfacerse personalmente. Yo me opongo a ti porque quiero que esto sea así, o porque estoy interesado en hacer esto de esta forma o poseer aquello que he perseguido durante mucho tiempo.

Cuando busco y trato de que mi vida responda a ese gusto propio, todo aquello que se me interpone en el camino, molesta, y si molesta, trataré de quitarlo del medio, o separarme de ello. La cuestión está en satisfacer mis gustos, y mientras no esté dispuesto a morir a ellos, todo serán dificultades o sometimientos de unos a otros.

Así, experimentamos que las rupturas matrimoniales subyacen entre estos parámetros. Tú piensas de esta forma y vives de esta forma, y yo no estoy dispuesto a aceptar ni vivir así. Planteado el conflicto se concluye en que cada uno siga su camino. Eso en los mejores casos, porque hay otros donde el conflicto amenaza con amargarse unos y otros.

Caminos que parten desde un punto amoroso, entregado y fraterno, para en el camino convertirse en polos opuestos y enfrentados hasta el extremo de odiarse. Y las víctimas, las verdaderas víctimas ajenas a todo esto, los hijos. Hijos que quedarán marcados con profundas huellas de odios y egos que le perseguirán durante el resto de sus vidas.

No hay otro camino sino el de morir a tus propios egos. Amar, si te unes por amor, es dejar tu vida para unirla al otro. Claro, el otro también está implicado en lo mismo, dejar su vida para unirse al otro. Así, cuando el esfuerzo es mutuo todo tendrá siempre arreglo y solución. Sin embargo, ocurre que en la mayoría de los casos, los problemas se tratan de arreglar entre dos, y olvidan que hay, al menos en los creyentes, un tercer invitado de gran importancia que contribuye de forma muy notable a suavizar y mantener la unión.
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