viernes, 7 de octubre de 2016

ES FÁCIL DECIR: CREO, PERO...


Muchos, la mayoría, diría yo, confiesan ser católico y creer. Algunos añaden que creen en Dios, pero no en la Iglesia o los curas. Confunden la Iglesia con los curas. Y otros confiesan que son bautizados, pero en estos momentos no creen. Y digo en estos momentos porque tu actitud puede en cualquier instante cambiar. La conversión es siempre una posibilidad. Y lo mejor que nos puede ocurrir.

El problema empieza cuando experimentamos que la fe no es un objeto ni un artículo que podamos comprar. Igual que no somos capaces de aumentar en un pelo el cabello de nuestra cabeza, tampoco somos capaces de tener y aumentar nuestra fe. Eso depende de ese Dios en el que tú y yo creemos. Y de no fiarnos de Él o estar convencido de que es Él quien nos la puede dar, nada va a cambiar en nuestro corazón.

Y, para recibirla tenemos, primero que pedírsela, después, fiarnos, pues el pedírsela ya lleva implícito el que creemos, o, al menos queremos creer. Y tercero insistir y con esperanza y confianza. Pero hay más, esa fe que estamos pidiendo nos revela su Plan de Salvación, que no es el tuyo, que es el de Él. Y como tal Plan de Salvación necesita que se le siga y que se cumpla.

Por lo tanto, descubres que creer no es inventarte tu propio camino y determinar tu propia fe. Creer es ponerse en las Manos del Espíritu Santo y dejarse guiar y conducir por Él. Y eso exige obediencia, humildad y caridad. Por eso, en mas de una ocasión Jesús nos ha invitado a ser como niños, humildes y sencillos, porque el Reino de Dios es sólo para aquellos que descubren que son pequeños y limitados, es decir, pecadores, y necesitan que el Señor Jesús nos salve.

No digamos tan fácilmente que creemos si no estamos dispuesto a seguir los consejos y el camino que marca nuestra santa madre la Iglesia, que es santa, porque su fundador, nuestro Señor Jesucristo, es santo, no por los que, como tú y yo, también la formamos.
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