miércoles, 12 de mayo de 2010

CREER O NO CREER.


Toda nuestra vida estamos cuestionándonos nuestra fe. Llegamos a pensar que no tenemos fe, sin embargo no podemos vivir sin tener fe. Cada momento de nuestra vida está empapado de mucha fe, y no damos un paso sin hacer un acto de fe.

Porque, ¿no es fe tomar un taxis? ¿Quién me asegura que el taxista no es un asesino, un maniático o un loco? ¿No es fe subirte a un avión? Lo mismo que el taxista, ¿quién me dice a mí que el piloto no ha dormido bien y está muy preocupado, y nuestras vidas, la de muchas personas, están en ese momento en sus manos?

Estamos haciendo actos de fe constantemente, incluso en nuestro propio hogar, hasta cuando dormimos, porque confiamos en las personas que están a nuestro lado. Sin embargo, no hay nada más inseguro que confiar en alguien como nosotros, porque sabemos que nos puede fallar y traicionar en cualquier momento. Nunca podemos saber lo que está pensando, y, a pesar de todo, nos ponemos en sus manos.

Y, sin caer en la cuenta, nos atrevemos a afirmar que sólo creo en lo que veo... y resulta que estamos fiándome constantemente de los demás, y sin ninguna garantía. Hay incoherencias en nuestro pensar y actuar, y muchas más que lo que pensamos y descubrimos. La primera es no aceptar nuestra limitación, nuestra ignorancia y ceguera de ser los primeros desconocidos para nosotros mismos.

Creemos en la historia y los acontecimientos que nos cuenta porque nos fiamos de ella. No tenemos pruebas ni nadie nos puede demostrar que eso ha sido así. ¿Realmente Cristobal Colón descubrió América? ¿Fue exactamente Newton quién descubrió la ley de la gravedad?

Me pregunto que creemos porque esa creencia no influye en mi vida, no añade ni quita nada a mis actitudes y comportamientos, no compromete mi forma de pensar, mis proyectos y mis apegos... Sin embargo, creer en Alguien que me interpela a cambiar, a morir a mis propios pensamientos, a dejar mis proyectos al margen y seguir los suyos, es mucho más complicado, pero no por eso tan cierto o más cómo las demás creencias.

La vida de JESÚS de Nazaret está refrendada por la historia, por el Magisterio de la Iglesia, por la Santa Biblia, por el testimonio de muchos de sus discípulos que dieron testimonio con sus vidas. Pero sobre todo, porque es correspondida, su Buena Noticia, con nuestros sentimientos interiores. Es como un eco que salta en nuestro interior y que nos llena de gozo cuando la ponemos en práctica. Hay muchas experiencias vividas que dan fe de esta verdad.

Sin embargo nos resistimos a acercarnos, a dejarnos interpelar, a esforzarnos en entrar en nuestra propia verdad. Somos un mar de incoherencias y no se sostienen todos nuestros razonamientos y rechazos que nacen de la obstinación, la soberbia y el sometimiento a la y esclavitud de nuestras propias apetencias y apegos.

Nos engañamos hasta el punto de creer que avanzamos y ahora estamos mejor que antes, y perdemos la verdadera realidad en que vivimos. Antes, el hombre limitado y humano, se sentía pecador cuando sus actos eran contrarios al bien común, a la ofensa personal, a la falta del respeto a otra persona, a la injusticia, a la coacción de la libertad del otro, a cualquier acción que perjudicara a su prójimo... Y, sintiéndose culpable de tales actos, se inclinaba y pedía, arrepentido, perdón a su PADRE DIOS.

Hoy, el hombre, limitado y humano, comete los mismos pecados, pero, aún reconociendo la maldad de sus actos, no siente esa necesidad de arrepentimiento porque no tiene ningún PADRE al que dirigirse y pedirle perdón. Ha olvidado y abandonado la Casa del PADRE, y se encuentra perdido y sin rumbo. Ante tales actos actúa con soberbia, con orgullo, con venganza, con envidia, con enfrentamientos... Y el mundo en que vivimos es reflejo de sus actos.

¿Realmente hemos avanzado o estamos en decadencia total? Y cada cual se erige en defensor de su propia verdad y nos encontramos con un mundo donde todos dirigimos, todos nos auto-proclamamos dueños y señores de nuestro destinos, y cada uno tira para el lado que estima le conviene sin tener en cuenta a los demás. ¿Es eso progreso?

No hay otro camino queramos o no. Llevamos mucho tiempo dándonos cuenta que cuando nos alejamos de DIOS, nuestro PADRE, perdemos nuestro sentido y nuestro destino. Creer en JESÚS de Nazaret es el único camino, porque ÉL es el Camino, la Verdad y la Vida.
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