jueves, 27 de diciembre de 2012

LA PALABRA SE HIZO CARNE

 

(1Jn 1,1-3)
Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la Palabra de la vida (pues la vida se hizo visible), nosotros la hemos visto, os damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba con el Padre y se nos manifestó. Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis unidos con nosotros en esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo.

La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.
La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.
Y acampó entre nosotros.
Aleluya, aleluya.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
La Palabra se hizo carne. Aleluya, aleluya.


No, al parecer, nos cuesta mucho creer todo aquello que la historia nos narra y cuenta. Es posible que muchas cosas cuando la investigamos seriamente, advertimos que no son tan exactas o se aproximan un poco a la narración. Sabemos por experiencia que lo narrado nunca se ajusta a lo expresado con la palabra, pues la palabra es más rica que la letra.

Sin embargo, no por eso la historia deja de ser fiel a lo que descubre y guarda, porque lo fundamental siempre queda recogido con exactitud en la palabra histórica. Y a eso quiero referirme. Juan el Evangelista nos narra su propia experiencia, que testifica que él ha visto con sus propios ojos, que la ha palpado y contemplado. Nos la quiere transmitir gozoso porque sabe que es lo mejor para nosotros y que es lo que nosotros y todo ser humano busca.

Yo me fío, y esa es la razón de este sencillo y humilde blog: "Dar también testimonio de mi fe, recogida de la palabra de Juan y los apóstoles, y, sobre todo, del Espíritu Santo que habita en mí. Esa es mi fe a la que abro mi corazón y a la que someto mi voluntad en Manos del Espíritu Santo.

Porque ella me hace libre, pues libre he sido creado, y solo en la verdad seré libre. Libre de toda esclavitud que por el pecado he quedada sometido y encadenado. Por eso, sometido a la Voluntad del Padre en el Espíritu Santo, no solo no me encadeno ni me anulo, sino que alcanzo la verdadera libertad que me ha sido dada por mi Padre Bueno.
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