viernes, 21 de marzo de 2008

"¡Me ahogo!"


Sentía desesperación, una angustia recorría todo mi interior alterando la marcha fisiológica de mi mecanismo humano donde, a título de rey, el corazón ya no reina tranquilo. Padece, no invasión, pero si hipertensión que derivará generalmente, a una determinada edad, en un paro cardíaco que terminará con su reinado. Son las llamadas enfermedades de la civilización que hoy nos invaden.

La pesadilla había sido terrible, desesperante, pero muy acorde con la realidad existente. A medida que la recordaba sentía una extraña sensación como si me fuese hundiendo en un pantano lentamente. El pantano estaba representado por ese mundo que nos rodea, donde las opciones, la convivencia y la fe en las personas se hace cada vez más difícil.

El lodo era cada vez más empalagoso al igual que ocurre con nuestra contaminación. Contaminación no sólo derivada de los adelantos tecnológicos, sino también producida por la otra línea, en la que el hombre se mueve también, la espiritual. Una serie de valores contaminados por el hombre mismo que amasan, día tras día, el lodo que amenaza cubrirnos. La avaricia, el orgullo, el egoísmo, el afán de poder, la mentira..., son el combustible que queman nuestra paz. Son los catalizadores que nos separan, que nos oponen en esa lucha diaria que no tiene sentido.

Todos buscamos la paz, la tranquilidad, la realización personal (material-espiritual) en un mundo con problemas, pero esos problemas forman parte de ese mundo que habitamos y sólo con lealtad, esperanza y unidos podemos mitigarlos. Si me permitieran definir al hombre, diría: "es un ser comprometido por amor", entendiendo por ello que el hombre busca y pone su ideal, sus metas en conseguir lo que cree que es bueno para él y para los demás. No haría ninguna falta realizar una encuesta para saber que todos buscamos lo mismo, pero quizás por distintos caminos. Sólo restaría descontaminar ese combustible pernicioso que nos amenaza, cambiando la avaricia por la templanza, el orgullo por la humildad, el egoísmo por la generosidad, el afán de poder por el bien común, la mentira por la verdad...etc. Quedarían así marcados los contaminadores, ¡si es que los hay!, y todos como buenos hermanos nos daríamos la mano y nos uniríamos para luchar por lo que buscamos: el bien común.

En estos momentos políticos y de crucial importancia para nuestro país, lograríamos que el lodo se fuese aclarando hasta permitirnos nadar y ponernos a salvo. Quedarian en un plano secundario las victorias electorales o el presidir el gobierno. Lo importante sería la unión, la concordia y la paz por un mundo mejor, más justo y con problemas, ¡eso sí!, porque ellos forman parte de su propia esencia, pero con la esperanza de solucionarlos con la ayuda de todos. Sé que es difícil. Pienso como todos, pero esa es nuestra pobreza y, pienso, debe ser nuestro ideal. Todo lo que no se haga con esa intención romperá más los grifos de la contaminación a largo o corto plazo, ahogandonos más, poco a poco, en ese pantano desesperante.

Esta reflexión fue escrita hace unos, aproximadamente, treinta y dos o más años. Tengo, afortunadamente, el recorte del periódico donde fue públicado. Era el principio de las elecciones y el cambio a la vida democrática: la solución a todos nuestros males. Sólo pretendo que los que se dignen a leer esta reflexión saquen sus propias conclusiones. Hoy, después de tanto tiempo estoy más firme en pensar que sólo en los valores que proclamó nuestro SEÑOR JESUCRISTO está la salvación de todos nosotros.
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