miércoles, 21 de noviembre de 2012

SÓLO CONTIGO MISMO

La soledad en la vejez, contiene, además, la crudeza de los años


Hoy me tocaba analítica, así que de buena mañana puse rumbo hacia el hospital para, primero sufrir un electro y luego el correspondiente análisis de sangre. Y es que el próximo martes tendré cita con el cardiólogo. Pero no quiero compartir hoy las jaquecas de mis enfermedades sino algo que la propia visita al hospital y el ambiente allí respirado nació en mi corazón.

Había mucha gente y aunque se despachaba con cierta rapidez, la cola hacía presagiar que estaríamos un buen rato en espera. Entraban y salían sin parar personas que se dirigían a otras salas, y pausadamente cada tres o más minutos salían una auxiliar a llamar por el turno de lista. Por la hora había un retraso de unos 20 minutos.

La media de edad de la gente allí congregada era alta. Calculo que sobre los 65 o más años. Pero lo que me llamó la atención minutos después de terminar fue una mujer que era acompañada por una joven dedicada a cuidarla y remunerada por ese servicio. 

Todo empezó cuando al terminar, la citada señora se dirigió a mí y se dio a conocer. Había oído mi nombre y recordó tiempos atrás que le hicieron reconocerme. Yo también en ese momento salí de dudas y me di cuenta que la conocía. Antes no la había relacionado. Habíamos pasado unos minutos sentados juntos en la espera del electro y también en el análisis.

Y ese contacto me hizo pensar como al final de nuestra vida nos quedamos solos aunque vayamos acompañados. Solo nos acompaña quien ha estado toda la vida, desde el principio hasta el fin, con nosotros. Nuestro Padre Dios. 

Y digo esto porque conozco a esa persona, su vida activa cuando era más joven. Y también a sus hijos, buenas personas, pero no había ninguno allí. Y lo peor es que consideramos eso normal. Sí, hay un trabajo y obligaciones que atender, pero es una madre que necesita estar junto a algunos de sus hijos. No basta que esté una persona asalariada para ese menester. Ella que ha dado su vida por criar y acompañar a sus hijos, ahora está sola. Y hasta ella quizás lo vea normal

Surgen varias preguntas: ¿Hasta qué punto somos esclavos del consumo que lo anteponemos a las personas? ¿Hasta qué punto hemos convertido lo antinatural en normal? ¿Hasta qué punto nos convertimos en objetos de valor que cuando nos hacemos viejos nos dejan al cuidado de alguien al que pagamos por tal oficio?

Supongo que ustedes tendrán más...

1 comentario:

Rafael dijo...

Es una cuestión que me preocupa. Creo que tenemos trastocada la jerarquía de prioridades. Se habla mucho de la formación, la informática, los idiomas y mil cosas más. Pero de facto se dejan en segundo plano algunas cosas como las que comentas. A menudo son los propios padres quienes, en un afán protector, exoneran a sus hijos de lo que debería ser su oblicación, amorosa pero obligación. No te preocupes, céntrate en tu trabajo o en tus estudios. Tú, tuyo, para ti...

Estoy contigo, hay unas prioridades entre las que prevalecen las personas.

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