viernes, 13 de diciembre de 2013

UNA COSA ES EL CAMINO PARA OTRA



La tarde estaba oscura. Aunque no acostumbra a llover mucho, a veces cae buenas y copiosas lluvias y que contemplo, ¡con lo que apreciamos el agua!, como se pierde y se vacía en el mar. Me apresuré a salir, tenía el tiempo contado y presagiaba llegar tarde. No había tiempo que perder.

Con tantas prisas no reparé en observar la rueda del coche. Días atrás me habían advertido de que una cubierta estaba descinchada. Yo, bastante profano en la materia, no observé tanta perdida de aire, pero por precaución les di aire a las cuatro en una gasolinera. Pronto, ya en carretera, recordé ese pasaje y como siempre algo tarde. 

Un ruido extraño me puso en alerta, y pronto me vino todo lo citado anteriormente a mi cabeza. Quizás era la rueda desinflada. Por suerte, estaba cerca del lugar donde iba a estacionar y pude llegar sin problemas. No tuve tiempo sino de cerciorarme de lo pensado y salir corriendo a la cita. Era muy importante. El problema, aunque no de mucha importancia, me asaltó durante el tiempo que estuve ocupado. No lograba quitarmelo de la cabeza, y terminé pidiendo perdón por mi aparente distracción.

De nuevo sobre el terreno, comprobé lo previsto y viéndome imposibilitado para solucionarlo por mí mismo, decidí pedir ayuda. Y este fue el asombro y regalo por lo que Fernando compartía esta vivencia. A mí también me lleno de gozo y ánimo para compartirla con ustedes. Llamó a su hijo, con un pequeño temor de que se molestara o se viese obligado a venir algo forzado. No quería interrumpirle, era medio día del domingo, ni tampoco que sintiera compasión o pena. Quería simplemente ayuda voluntaria.

Y sucedió la sorpresa, su hijo acudió encantado, entusiasmado, rápido como una centella. Fue algo así, al menos le pareció a su padre, oír su llamada y preguntar donde estaba y salir corriendo a su auxilio. Cómo si soltase lo que esta haciendo; cómo el ciego Bartimeo cuando corrió al encuentro con Jesús. La sorpresa creció gratamente cuando su presencia, con un entusiasmo y amabilidad latente, cambiaba la cubierta en unos breves momentos.

Miré, acababa Fernando, hacia arriba e hice un guiño:  "Gracias Señor por este regalo". Julio tiene buen corazón, ahora sólo falta que te descubra a Ti para que su corazón crezca y sean grande como el Tuyo. Te lo pido todos los días y espero tu acción. No te lo exijo, sólo te lo pido, Señor, y espero pacientemente tu intervención, ¡claro!, cuando Tú lo estimes y creas conveniente. Él es libre.


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