jueves, 7 de junio de 2012

EL AYER NO FUE DIFERENTE

 
Suele pasar que todo lo de ayer nos huele diferente a lo de hoy. Al hablar del pasado pensamos que fueron tiempos mejores, o que las cosas sucedieron de otra forma. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, porque ayer ocurría lo mismo que hoy.

En sus primeros tiempos, la Iglesia sufríó diferencias y pensamientos que los enfrentaban a diario. Sabemos que el admitir y aceptar bautizar a los paganos costó muchas disputas y diferencias. Mientras unos sostenían que era imposible aceptara, otros defendían que Jesús admitía a todos.

Mientras unos, extremadamente celosos de la Ley Mosaica y las tradiciones de sus antepasados, las mantenían aún como seguidores de Jesús, otros se renovaban y moderadamente dejaban el hombre viejo para convertirse en el hombre nuevo que nacía con el Bautismo ofrecido por Jesús.

El camino de la Iglesia siempre ha estado salpicado por luchas internas que lo han abierto y renovado. Esa es la misión del Espíritu Santo, y de no ser así estaríamos todavía con la circuncisión y con el ojo por ojo. La vida nueva que nos trae Jesús, el amor, renueva todo nuestro pensar y obrar. No todo el que dice Señor, Señor... entrará en el Reino de mi Padre, sino aquel que cumple su Voluntad.

Y esto no fue algo que correspondió al pasado, vive en el presente (El legalismo y...) y sucede en nuestras parroquias, nuestras comunidades, nuestros grupos, nuestra Iglesia. Esa es la Iglesia, la Iglesia de siempre, la que crece, la que se renueva con sus cruces y sangre, pero que avanza guiada por el Espíritu Santo.

Y su Voluntad es el amor, es la vivencia de la honradez, del criterio, del dominio de sí mismo, la constancia, la piedad, el cariño fraterno y el amor. No son actos desencarnados ni contabilizados. No son promesas hechas como contrapartidas a algún favor, ni sacrificios como pago a la resolución de determinado problema. Para eso no hubiese hecho falta tanto amor de cruz. 

Estamos ciegos, porque todos entendemos que estos sacrificios y promesas no sirven de nada. No es el Señor Alguien que se dedique a coleccionar regalos y ofrendas. Ni tampoco necesita nada de nosotros. Es claro que para eso no vino a la tierra, ni tomó nuestra naturaleza humana. Se supone algo más serio, que implique toda nuestra vida, nuestro ser, y que suponga un cambio que, pasando por la cruz, cruz de muerte, resucite en el compartir la vida por amor.
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