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viernes, 2 de diciembre de 2022

¿CONOCES A ALGUIEN QUE TE DÉ MÁS, Y GRATUITAMENTE, QUE JESÚS?

Mi asistencia a la Santa misa, por la Gracia de Dios, viene desde mi juventud.  En el servicio militar fui monaguillo e iba a misa todos los días. Pero, mi asistencia venía desde antes. Recuerdo que unos de los párrocos que tuve me decía que era el único joven que iba a misa en mi parroquia y pueblo, porque solo había una iglesia. Recuerdo que iba con Berta, mi novia de aquella época y mi mujer de siempre y madre de nuestros tres hijos.

Ya en mi etapa de adulto, ya casado, seguí yendo a misa hasta que, tentado por el mundo, diablo y carne, me alejé de la frecuencia de la misa y de la Iglesia. Es verdad, mi noche oscura duró muchos años, pero, ahora lo sé, el Señor siempre estuvo a mi lado y soportó con paciencia y perseverancia mis rechazos, mis desplantes y pecados. Fueron unos aproximadamente veinte años.

¿Qué ocurrió? Me di cuenta de que el único y verdadero camino era el que el Espíritu Santo me había señalado, dejarme encontrar con el Señor. El mundo, demonio y carne son una falsa. Aparenta mucho gozo y felicidad, pero, si profundiza un poco no hay sino carroña, vacío y perdición. En ese tiempo estuve muchas veces al borde de perderme y, por la Gracia de Dios, ahora descubro y experimento que el Espíritu de Dios me protegió y cuidó hasta darme la fortaleza y sabiduría de regresar. Siempre me he visto retratado en la parábola del hijo pródigo.

Por eso, al margen de que el ejercicio es bueno y necesario, el más importante es el de frecuentar la Eucaristía – Santa Misa – en condiciones de celebrarla y poder recibir el alimento espiritual que nos da Vida Eterna. Cuando hablo del ejercicio es que en mi camino de cada día hacia la iglesia veo los gimnasios frecuentados por la gente. Y no tengo nada contra ello ni estoy diciendo que es malo o no conviene hacer ejercicio. Simplemente quiero destacar que la Eucaristía es la mejor manera de cuidar nuestra alma, lo más importante de nuestro ser humano – cuerpo y alma – y lo que será eterno. Porque, nuestro cuerpo mundano se destruirá. Tendremos otro cuerpo nuevo, perfecto en el otro mundo.

Conviene, pues, hacer ejercicios, pero interesa más compatibilizarlo, al menos si se puede, con la asistencia y celebración Eucarística. Y es que cuando asistimos a la Eucaristía celebramos junto con el sacerdote, celebrante principal, la transformación del pan y vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, el alimento espiritual que nos da Vida Eterna.

lunes, 8 de septiembre de 2014

EL FERMENTO COMUNITARIO



Hay una cosa que me fascina, lo cual no significa que siempre apetece, pero si siempre se necesita y es necesario vivirla. El amor no es un sentimiento, ni tampoco una pasión, y menos afectos o emociones. El amor es un compromiso. Un compromiso que mata en muchos momentos, porque exige soportar casi lo que no queremos o no podemos, y, por supuesto, perdonar.

Pero, metidos en nuestro propio yo, descubrimos que estamos hecho para amar. Sin amor no podemos vivir. Necesitamos amor para todo: pasiones, sentimientos, emociones, afectos... pero sobre todo para comprender y perdonar. Y es ahí donde empieza lo difícil, porque soportar y perdonar exige mucho amor. Pero no un amor pasional, sentimental, menos romántico o afectivo, porque así no entra nunca el perdón y se soporta hasta que duren esas pasiones, sentimientos, romanticismos y afectos.

Se necesita un amor comprometido. Un amor que nazca de abajo, del conocimiento, de la unidad, del mismo Amor que nos une y nos convoca. Un amor que con frecuencia se siente cercano, compartido y perdonado. Un amor que nace desde el banquete Eucarístico compartido, si es posible, a diario o con bastante frecuencia. Creo que es el lugar donde brota y fermenta el germen del verdadero amor, un amor fundamentado en el Amor del Señor que nos une y nos invita a morir cada día esforzándonos en soportarnos y perdonarnos.

Un amor que en la vivencia frecuente de la Palabra, la oración y la Eucaristía fermenta el perdón y nos descubre que sólo en torno a Él podemos encontrar y mantener la llama del amor. Sería importante, y más, necesario, celebrar la Eucaristía diaria en las parroquias. Porque creo que es ahí donde fragua y fermenta la verdadera comunidad de vida que aviva la llama de amor de la comunidad.

sábado, 30 de abril de 2011

«LA MISA ES LO ÚNICO QUE IMPORTA»


Me parece muy interesante esta reflexión de Germán Mazuelo-Leyton por su contenido y criterios que considero de gran valor, y que nos puede ayudar mucho a crecer en criterios y  conversión en nuestra fe. Estoy muy de acuerdo con su reflexión y considero como él que la Eucaristía, CRISTO vivo, es el Centro y fundamento de nuestra fe.

Creo que merece la pena paladearla y meditarla muy seriamente. Y, por la Gracia de DIOS, puedo sentir el gozo de sentirme agraciado, por haber siempre optado por la Eucaristía diaria. Afortunadamente he podido hacerlo.

Les dejo sin más con esta estupenda y profunda reflexión:

 El Jueves Santo es uno de los días más conmovedores de la liturgia católica, conmemoramos la institución de los sacramentos del sacerdocio y la Eucaristía. Nos lo recordaba frecuentemente Juan Pablo Magno: No hay Eucaristía sin sacerdocio, como no existe sacerdocio sin Eucaristía.

Los Apóstoles hicieron su Primera Comunión la noche del Jueves Santo. Ellos comieron y bebieron el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y Jesús les dio el poder: Hagan esto en memoria mía. A partir de esa noche hasta el día de hoy, la línea sucesoria del sacerdocio en la Iglesia jamás se ha interrumpido, aún en épocas de oscuridad tremenda.

Jueves Santo, por la mañana (o día antes dependiendo de las geografías), en todas las catedrales del mundo, los obispos celebran junto a sus presbíteros la Misa crismal, en la cual hacemos memoria de la institución del Sacramento del Orden, y en ella se consagra el Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, que nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación y en la ordenación de los diáconos, sacerdotes y obispos; se bendicen asimismo el óleo de los que se inician en la vida cristiana y el óleo de los enfermos.

A última hora de la tarde, el mismo jueves, con la celebración de la Misa de la Cena del Señor, in Coena Domini, rememoramos la institución de la Eucaristía, para posteriormente acudir a los monumentos eucarísticos, a fin de adorar al Santísimo Sacramento expuesto en ellos.

En su obra Mysterium Fidei el gran autor jesuita P. Maurice de la Taille, para comprender la conexión existente entre la Ultima Cena y el sacrificio de Cristo en la Cruz propone como ejemplo una casa de 2 pisos, pues ambos son un solo sacrificio.

La Eucaristía es la piedra angular de la fe y doctrina católicas, si se quitase la Misa, colapsa con ella toda la fe católica, resulta difícil imaginar lo que de ella quedaría. El teólogo católico más acreditado Santo Tomás de Aquino, se refiere a la Eucaristía declarando que todos los otros sacramentos dependen de ella, el mismo bautismo resulta eficaz porque nos capacita para recibirla, y si un bautizado se niega conscientemente a recibirla, esa actitud lo separa de la corriente de la gracia santificante.

Luego, todas las perturbaciones, debilidades y deficiencias en la Iglesia se originan en una relación inadecuada con la Eucaristía, porque el milagro de la Eucaristía no es la transformación del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sino la transformación del hombre en el Cuerpo de Cristo. A San Agustín le dijo el Señor: Tú no me trasformarás en ti como el alimento corporal, sino que Yo te transformaré en Mí." (San Agustín, Confesiones VII, 10).
Somos parte de un mundo que quiere vivir como si Dios no existiera, y con miedo ante el futuro. Los diez mandamientos divinos son pisoteados en todos lados y por demasiada gente.

El odio y el egoísmo están destruyendo como una bola de nieve los matrimonios y las familias, provocando en el resto tensiones y conflictos casi insoportables. En aquellos países altamente desarrollados, más de la mitad de los matrimonios terminan en divorcio. Parecería que el Demonio está ensañado particularmente en contra de la familia. El aborto, la adicción al alcohol y las drogas, la violencia, son síntomas de que en su búsqueda por la vida el hombre se ha apartado de Dios, ha rechazado a Jesucristo, que es la Verdad, el Camino y la Vida, cayendo de cabeza al abismo y el caos.

El mismo surgimiento de las sectas es un síntoma de que algo anda mal en la Iglesia del lugar, ya sea en la enseñanza, en la estructura o en su labor, pero sobre todo en su vida de fe y al mismo tiempo constituye una advertencia para corregir los errores y fomentar el bien.

Para contrarrestar esta batalla necesitamos levantar muy alto los brazos con dirección al Cielo y no bajarlos hasta que nos demos cuenta de que sin que Dios nos sostenga todo es vano. Necesitamos adorar. Y ¿qué es lo que nos lleva a la adoración? La humildad de corazón. La humildad que nos hace decir: Necesito a Dios, soy una criatura y Él es mi Creador. No soy lo más importante, ni siquiera tengo que usar mi propia creatividad, ni talentos litúrgicos para hacer esta adoración «exitosa». Nuestra tarea es simplemente ser dóciles, recibir, responder, venir a Él, descansar en el radiante silencio de Su Presencia. Él hará el resto, Él nos santificará. Esta es la fuerza más poderosa del mundo. El ir a nuestro Jesús Eucarístico es como recibir una transfusión de sangre de Su Sagrado Corazón. En humildad, debemos de vernos en la necesidad de tal transfusión. Y mientras mayor sea nuestra tarea en la Iglesia, mayor la necesidad de dicha transfusión. Debemos por lo tanto recordar en humildad de corazón, que la recepción eucarística y la adoración eucarística es nuestro deber más alto y nuestra más grande necesidad.

Esperando una completa renovación, primero debe quitarse el mal y después pueden imponerse el bien y la verdad. El Señor prometió que las puertas del infierno no podrán vencer a la Iglesia, por ello, la Iglesia nunca sufrirá de paro cardiaco, pero tenemos que redescubrir los grandes tesoros de nuestra fe como son la Santa Misa, la adoración al Santísimo Sacramento, la devoción a nuestra Señora, la confesión sacramental, para que nuestra Iglesia no enferme de angina, arterioesclerosis o esquizofrenia espiritual, a falta de marianidad y de eucaristización.

La Santa Misa debe ser tu vida, porque de este modo serás una célula viva del Cuerpo de Cristo. San Pío de Pietrelcina que vivió frecuentemente la Pasión de Cristo en sí mismo durante la Misa, decía que el mundo podría existir más fácilmente sin el sol que sin la Misa, por eso a ejemplo de María, la mujer eucarística con toda su vida, debemos mantener nuestros corazones siempre fijos en su Hijo Eucarístico. El Jueves Santo, y, siempre que visitemos a Jesús Eucaristía, pidámosle a Ella que nos acompañe en la adoración del más Santísimo Sacramento, donde el Corazón de Cristo llena nuestros corazones con su vida y amor divinos.

Los irlandeses en tiempos de persecución vivían su fe con esta consigna: La Misa es lo único que importa, ojalá que se convierta en la nuestra de cada día.
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