lunes, 8 de septiembre de 2014

EL FERMENTO COMUNITARIO



Hay una cosa que me fascina, lo cual no significa que siempre apetece, pero si siempre se necesita y es necesario vivirla. El amor no es un sentimiento, ni tampoco una pasión, y menos afectos o emociones. El amor es un compromiso. Un compromiso que mata en muchos momentos, porque exige soportar casi lo que no queremos o no podemos, y, por supuesto, perdonar.

Pero, metidos en nuestro propio yo, descubrimos que estamos hecho para amar. Sin amor no podemos vivir. Necesitamos amor para todo: pasiones, sentimientos, emociones, afectos... pero sobre todo para comprender y perdonar. Y es ahí donde empieza lo difícil, porque soportar y perdonar exige mucho amor. Pero no un amor pasional, sentimental, menos romántico o afectivo, porque así no entra nunca el perdón y se soporta hasta que duren esas pasiones, sentimientos, romanticismos y afectos.

Se necesita un amor comprometido. Un amor que nazca de abajo, del conocimiento, de la unidad, del mismo Amor que nos une y nos convoca. Un amor que con frecuencia se siente cercano, compartido y perdonado. Un amor que nace desde el banquete Eucarístico compartido, si es posible, a diario o con bastante frecuencia. Creo que es el lugar donde brota y fermenta el germen del verdadero amor, un amor fundamentado en el Amor del Señor que nos une y nos invita a morir cada día esforzándonos en soportarnos y perdonarnos.

Un amor que en la vivencia frecuente de la Palabra, la oración y la Eucaristía fermenta el perdón y nos descubre que sólo en torno a Él podemos encontrar y mantener la llama del amor. Sería importante, y más, necesario, celebrar la Eucaristía diaria en las parroquias. Porque creo que es ahí donde fragua y fermenta la verdadera comunidad de vida que aviva la llama de amor de la comunidad.

viernes, 5 de septiembre de 2014

FE Y PECADOS, O PECADOS Y FE



Realmente un cristiano empieza a serlo cuando toma conciencia de su debilidad. Todo el discurso de Pablo está apoyado en su propia debilidad, y es que Jesús ha venido a salvarnos, pero para hacerlo necesita nuestros pecados. A Jesús le sobra todo, menos tus pecados y los míos.

Así podemos comprender que, mientras no descubramos nuestros pecados y seamos capaces de ponerlos en las Manos de nuestro Señor, no podremos encontrarnos con Él y, más todavía, ser curados y salvado por Él.

 El Papa Francisco nos habla de eso:

«Si un cristiano no es capaz de sentirse verdaderamente pecador y salvado por la sangre de Cristo Crucificado, es un cristiano tibio»

La fuerza de la vida cristiana está en el encuentro entre nuestros pecados y Cristo que nos salva. Donde no existe este encuentro, las iglesias son decadentes y los cristianos tibios. Es lo que ha dicho Papa Francisco en la Misa de este jueves en Santa Marta. Pedro y Pablo nos hacen entender que un cristiano se puede vanagloriar de dos cosas: «de los propios pecados y de Cristo crucificado». La fuerza transformadora de la Palabra de Dios, explica el Papa, parte de la conciencia de esto. Leer más...

martes, 2 de septiembre de 2014

LA FE NUNCA DEJA DE CAMINAR



No se puede parar. ¡No!, la fe nunca puede permanecer parada. Si llega a pararse ha dejado de ser fe, porque la fe siempre está esperando, vive en la esperanza y permanece espectante en el camino ascendente. Porque quién camina adelanta, y quién adelanta crece. Si hoy tu fe es igual que ayer, tu fe ha estado parada, o, lo que es peor, ha retrocedido. Eso significa que empieza a dejar de creer y amenaza con morir.

La fe es una llama permanente y alimentada. ¡Claro!, necesita estar al lado del calor. Es más, estar en el Calor. El Calor que la mantiene viva, interrogante, arriesgada, caminando al filo de la navaja. La fe no calla nunca, siempre está preguntándose, exigiéndose y buscando. Y nunca se cansa. Es más, opta por confiar y abandonarse confiada en la Manos de su Señor. 

La fe termina por ver lo que cree, porque tanto es su anhelo que consigue el premio a su perseverancia. Hay muchos testimonios de fe premiados por su constancia y su tenacidad. No puedo obviar el pasaje de la mujer cananea. Aquella mujer, no judía, arrancó de Jesús su propósito por su testimonio de fe que sorprendió al Maestro. La fe no desfallece, y, realmente es fe, porque a pesar de los obstáculos camina y persiste y confía.

Una fe así tendrá respuesta como la han tenido todos aquellos que han perseverados. Una fe que no se para, que camina y vive, vive en el amor y la realidad que le rodea. Una fe que se interpela y se exige amar, porque descubre que sólo amando está realizando verdadero acto de fe.
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